La anomalía es que el Ayuntamiento explote el parque de atracciones del Tibidabo. El alcalde Joan Clos se vio en el trance de comprarlo porque la cosa hacía agua y, en una ciudad tan entregada a la voluntad del mercado como Barcelona, no hubiera durado ni cuatro días en manos privadas. El centenario Tibidabo es parte de ese patrimonio entrañable que tienen las ciudades: es la memoria infantil de









